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| Cuando el viajero llega a Menorca se lleva una gran sorpresa. Lejos de las grandes aglomeraciones, de los nidos de apartamentos, de las filas de hoteles invadiendo la costa, se encuentra con una tierra básicamente explotada por el hombre, como atestigua el rompecabezas de cercados de piedra que alfombra la isla, pero que conserva cierta integración con la naturaleza, y por lo tanto una belleza que le es propia. Unas costas conservadas, aguas cristalinas y el ambiente mediterráneo contribuyen a establecer ese ambiente de paraíso cotidiana, que perdurará en tanto en cuanto no se vea invadida por la especulación que ha machacado otras islas y costas mediterráneas. |
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| No carecen, sin embargo, sus costas del influjo del hombre. Aquí un faro, allí una torre de vigilancia; bien una instalación militar abandonada, bien una discoteca y bar de moda integrado en la pared de un acantilado. En cualquier caso, se mantiene esa integración con el medio que hace que incluso ante el reclamo puramente turístico, el viajero se sienta cómodo. Falta esa violencia, esa agresividad comercial que inunda el mundo de los servicios turísticos. Y cuando llega el momento, desde estas privilegiadas costas, descansar viendo la puesta del Sol, que siluetea el perfila de la hermana mayor, Mallorca, en el horizonte. |
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| Y en un momento dado, acercarse a las ciudades. Pequeñas pero bulliciosas, vivas. El puerto de Mahon, en otros tiempos de importancia militar, hoy acoge nuevos invasores, esta vez en son de paz que a bordo de sus barcos antiguos pero modernos al mismo tiempo, pretenden emular las singladuras de otros tiempos. Eso sí... sin que las comodidades falten. También pasear por la ciudad y desde lo alto admirar la vista del puerto, para luego internarse al atardecer entre |
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